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De un tiempo a esta parte, las inyecciones de toxina botulínica compiten con la cirugía estética como método de moda para borrar las huellas que deja en el rostro el paso de los años.
Sin embargo, la versión purificada y sintetizada de esta sustancia neurotóxica producida por la bacteria causante del botulismo no sólo ha demostrado ser útil con fines estéticos.
La década de los noventa fue testigo de la diversificación de su uso para el tratamiento de numerosas afecciones neurológicas que requieren de una debilitación controlada de ciertos músculos.
Es así como hoy la toxina botulínica se emplea para el tratamiento de la parálisis cerebral, la espasticidad o el mal de Parkinson, mientras los investigadores estudian la posibilidad de emplearla para combatir las cefaleas y la migraña.
"El inicio del uso médico de la toxina botulínica se remonta a 15 años atrás -cuenta el doctor Oscar Gershanik, jefe de la Sección de Movimientos Anormales del Hospital Francés-. Los primeros en usarla fueron los oftalmólogos para los casos de estrabismo; descubrieron que la toxina era efectiva para inhibir la contracción muscular que causa esta desviación ocular."
Fue entonces que los neurólogos se preguntaron si podría ser aplicada en otras enfermedades en las que también existe una contracción muscular exagerada. "Es así que empieza a usarse primero en distonías , que son enfermedades caracterizadas por una contracción muscular que provoca posturas y movimientos anormales, principalmente en blefaroespasmo , que es la contracción de los párpados, la mandíbula y el cuello."
Con el paso de los años, los neurólogos fueron incorporando nuevas indicaciones para la toxina. "En los últimos seis años se la ha comenzado a utilizar en espasticidad, parálisis cerebral y Parkinson", comenta.
Por otro lado, hoy también se usa esta droga para combatir enfermedades que requieren ya no una debilitación muscular controlada, sino la inhibición de la transmisión del impulso entre el nervio y el músculo.
Un ejemplo de esta nueva orientación terapéutica es el tratamiento con toxina de las personas cuyas glándulas salivales (de la boca) o sudoríparas (de las axilas, palmas de las manos y plantas de los pies) trabajan en forma excesiva. Según Gershanik, "estos casos van más allá del problema estético, pues dan lugar a la marginación y al aislamiento del individuo".
Los usos más recientes de la toxina -aún en estudio, pero con resultados promisorios- son el tratamiento de las cefaleas tensionales y de la migraña.
Quizá dentro de un par de años, la toxina botulínica pase de moda en los consultorios de clínica estética; de lo que podemos estar seguros es que para ese entonces los neurólogos le habrán hallado algún nuevo uso.
Sebastián A. Ríos
www.lanacion.com.ar
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Toxina botulínica |
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